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El espantoso crimen de Willburn Manor



El hombre, un cincuentón de generosa curvatura y bien provisto de sonrosados mofletes, se mesaba los largos bigotes castaños mientras observaba a su desvergonzada y ociosa audiencia.

Todos se sentaban alrededor de la mesa de roble macizo que su noble y difunto abuelo le había legado en herencia. La mesa, y unas pocas cosas más, como la hacienda familiar de doscientos acres, una mansión de tres plantas con cochera y cobertizo, la fidelidad de un servicio bien instruido y una pequeña fortuna en acciones y lingotes, que quizás no era tan pequeña.

El anfitrión, que era él mismo, carraspeó para hacerse oír sobre aquél murmullo molesto.


- Mis queridos señores, y señoras. Debo anunciar muy a mi pesar, una noticia que a algunos de ustedes no les sorprenderá demasiado. ¡Se ha cometido un crimen!¡Sí!¡Entre estas mismas paredes! Y ustedes, señores míos, que llevan tres noches abusando de mi generosidad y de mi cocina, ¡son los sospechosos!


Se escucharon resoplidos y exclamaciones indignadas, y una de las invitadas, lady Amberly Albinson, se levantó de inmediato, para mostrar su descontento.


- ¿Qué clase de acusación es ésta, señor mío?¿Y de qué crimen está hablando, si podemos saberlo?

- Su vehemencia es admirable, señora Albinson, y también intrigante. Mas no será conmigo con quien deberán solucionar sus pesquisas, sino con otro hombre. Thomas, por favor- dijo el anfitrión, llamando a su mayordomo, un hombre cercano a la ancianidad, de nariz aguileña y ceño permanentemente fruncido, que se acercó sin demora- Haz pasar a nuestro colaborador.

- Sí, mi señor- respondió el hombre, alejándose hacia la puerta ante la atenta mirada de los ocho invitados.


El caballero que regresó junto a Thomas era del todo inusual. Era joven, estirado como un fideo, y nada parecido al detective al uso que todos esperaban. Vestía un traje de segunda mano, remendado por los codos y hombros, y lo llevaba de la manera más desgarbada posible.

Ante el asentimiento del anfitrión, el joven carraspeó y se dirigió a la audiencia, con voz trémula e insegura al principio, pero ganando confianza con cada palabra.


- El señor Montgomery Willburn me ha confiado una importante investigación. Entre estos muros se ha producido un sabotaje, un acto de la más vil inquina, propio de un ser desalmado que, parafraseando sus mismas palabras “No puede, ni debe quedar impune”. Yo me encargaré, personalmente, de encontrar al culpable. Hasta que eso suceda, ninguno de ustedes podrá abandonar la hacienda.


- ¡Por el amor de dios, caballero, sáquenos ya de esta duda!¿Cual es el objeto de dicho crimen?- espetó Lord William Bradford, el gerente de la empresa de prospecciones Willburn, y amigo del anfitrión desde hacía años.


- Sea entonces- respondió, llamando a una doncella del servicio, quien entró al salón acarreando una enorme bandeja redonda, con los restos de lo que parecía un bizcocho anaranjado.


El estupor se adueño de la sala, y varias exclamaciones de asombro afloraron de las gargantas de los perplejos invitados. Lady Bradford sacó su abanico para reprimir un evidente sofoco angustiado.


- Así es, señores, así es. Como pueden ver, “La grande merveille”, ha desaparecido, ¡se ha esfumado! El mejor y más grande pastel de zanahoria nunca confeccionado ha sido saboteado. ¿Habrá sido un robo?- preguntó, mirando intencionalmente al señor Coleman- ¿Quizás una veganza?- continuó, observando a lord Bradford- o lo peor de todo, ¿Descansará “La grande merveille” en el egoísta estómago de alguien?- inquirió, dirigiéndose al joven y orondo Robert Ross- ¡Seré yo, Orville Bailey, quien habrá de descubrirlo!



Continuará...


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