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EL FENÓMENO SHAKIRA; LA MÚSICA COMO FORMA DE COMUNICACIÓN UNIVERSAL

La música puede convertirse en un motor de transformación, como hemos presenciado los últimos días, de la mano de Shakira y Bizarrap. ¿Por qué está pegando tan fuerte este tema? ¿Hay algo más detrás de una simple canción dedicada al desamor? ¿Qué esconden los entresijos de la Session #53 de Bizarrap?




Todos hemos escuchado la impactante Music Session #53 de Bizarrap de la mano de Shakira, la cantante e internacional colombiana. En ella, la de Barranquilla dedica unos párrafos de puro fuego incendiario al que fue su pareja, Gerard Piqué, con quien tiene dos hijos en común. El motivo aparente; su reciente ruptura a causa de las infidelidades del futbolista.


¿El motivo real? Eso no está tan claro. La red, los últimos días se ha convertido en un hervidero de mensajes a favor y en contra de cada uno de los actuantes, en el que todo el mundo ha querido participar.


¿Justa venganza o simple despecho? ¿Ha sido correcta la manera de proceder de la cantante? Estas preguntas bailan en todos los foros habidos y por haber, en millones de Twitts, en Youtube, y proliferan los vídeos-reacciones al momentazo, así como los análisis de la letra (que por otro lado no deja mucho lugar a la especulación) de la canción que se ha convertido en trending topic mundial de la noche a la mañana.


A margen de todas estas cuestiones, y a la fuerte polarización de opiniones internautas, debemos reconocer una cosa ; El inmenso poder de la música como forma de comunicación global y universal.


¿Por qué esta revolución? ¿Por qué la tonadilla de «Pá tipos como tú» resuena en todas partes? ¿Cuál es la causa de que millones de jóvenes se identifiquen con esta tendencia y vean aflorar en ella sus más recónditos deseos de expresión?

La razón es clara: la música es poderosa, y no solo como forma de entretenimiento, sino especialmente como forma de expresión. Nos remueve, nos incita, nos hace vibrar por dentro sin que podamos evitarlo. Podemos cambiar de «mood» de un momento a otro gracias a una melodía que «nos llegue», o a una letra incendiaria y reivindicativa.


No es algo nuevo; se lleva haciendo desde la antigüedad, desde que el hombre es hombre. Se sabe incluso de los instrumentos musicales que poseían nuestros camaradas Neandertales, en la prehistoria. ¿Cantarían canciones al amor, al despecho, a la vida? Seguramente. Las emociones trascienden al tiempo.


Shakira sabe de todo esto. Bizarrap, el fenómeno del momento, lo tiene clarísimo; si se puede aunar una música pegadiza y vibrante a la palabra explosiva, el éxito es rotundo. Y si ello lleva aparejado un sentimiento tan universal como es la expresión del amor, que por ser un amor despechado y rabioso, no deja de ser tal cosa, será capaz de llegar hasta el último rincón de la tierra. Un aplauso a la capacidad empresarial y de marketing de estos dos colosos, al menos.


La música es una forma de comunicación universal a la que nadie puede abstraerse. Al igual que hacemos quienes nos dedicamos a la escritura, los compositores y cantantes tratan de llegar al imaginario de los oyentes a través de la música. Música + palabra: cóctel ganador. La palabra es el fondo. El contenido que va directo a nuestras almas. Porque la palabra posee un poso que transporta toda nuestra cultura en sí misma; todo nuestro tiempo en una reducción que ni el mismísimo Ferrán Adrià podría conseguir para sus platos. La palabra nos traspasa con su flecha de cupido directa al corazón porque nos identificamos con ella. Porque nos disolvemos en un concepto más universal que nosotros mismos en el lenguaje de la vida misma. El una abstracción de la que ni siquiera somos conscientes.

La música es el vehículo. En este caso, el pop-dance mezclado con trap de Bizarrap con tonalidades sugerentes que nos transporta a los noventa, es el «Ferrari» en el que viaja esta reina de la música de nuestro tiempo. Con razón hace alusión a esa marca de coches que solo unos privilegiados pueden conducir.


Debemos entender la música, hoy en día, como un fenómeno de comunicación de masas. Nos guste más o nos guste menos, en la sociedad de consumo rápido y atención deficiente en la que vivimos, una simple canción puede llegar al consumidor de forma mucho más automática y sin esfuerzo que cualquier otro formato. Una canción puede mover el mundo.


El fenómeno Shakira está en boca de todos por una cuestión mucho menos baladí de lo que imaginamos. Va más allá del «salseo» o del chisme. Va más allá del morbo. Entronca con nuestros sentimientos más primarios; los de la rabia, el despecho, la venganza y ¿por qué no? con esa noción no revelada que todos tenemos de justicia más allá de la justicia. Del ojo por ojo. No es de extrañar que un sector de la comunidad considere a Shakira como una superheroína al estilo Capitán América, mientras otro la vea como una súper Villana estilo Magneto.

No entraré en estas cuestiones que darían para hablar largo y tendido, pero sí tenderé un puente conciliador; más allá de lo incómodo del asunto para sus actores principales, el resto de los mortales somos meros espectadores de una tragedia griega más. De una obra de Esquilo transportada al año 2023 en forma de temazo musical muy pegadizo. No deja de ser un producto por y para mover dinero, pero que de paso, remueve nuestras pasiones.


Un diez por la performance.

Un diez a la magistral manera de acceder a nuestro interés como espectadores.

No nos encendamos, que esto no deja de ser entretenimiento, amig@s. Es mejor sacar las palomitas y, ¿por qué no? …ponerse a bailar.


Alma Mínguez Herrera. Escritora.

Todos los derechos y autoría reservados.


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